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La guía del plan Nacional de pastoral, en la Iglesia nos ofrece algunas orientaciones tomando como referencia el texto de Jn. 8:3-11 https://www.bibliacatolica.com.br/la-biblia-de-jerusalen/juan/8/

Ante los ataques cada vez más diversos y frecuentes a la mujer, se ha adoptado el slogan vigente también  en otros países, de “tolerancia cero”. Es una forma de frenar la escalada de vejámenes y maltratos que proceden en la mayoría de los casos, de la persona masculina, debido, sobre todo, a los estereotipos culturales.   Se espera como resultado acrecentar el respeto y buen trato a la figura femenina. Pero para llegar a la raíz de este problema, es necesario también, un análisis desde otro ángulo.

La experiencia de pecado en las personas de Adán y Eva cambia el rumbo de este plan maravilloso (Gn 3, 1-19)  Un fruto de esta transgresión es la  violencia contra la mujer, de consecuencias devastadoras para  la familia. De fondo pervive una ceguera tal que impide percibir a la mujer en su función básica de ayuda esencial.  En su rol de madre, esposa, hija, hermana, tía, abuela… de cara a la familia. Y como conserje, ama de llaves, maestra, enfermera y otros tipos de profesiones a nivel social.

 No ha sido creada, por tanto, como objeto de dominio o placer en relación al hombre. San Juan Pablo II ubica este estado de situación como una herencia del pecado original, conectándolo con la Primera Carta de Juan 2, 16: concupiscencia de la carne, concupiscencia  de los ojos y el orgullo de la vida.  Y continúa: La expresión relativa al “dominio” (“él te dominará”) que leemos en el Génesis 3, 16, ¿no indica acaso esta última forma de concupiscencia? El dominio “sobre” el otro del hombre sobre la mujer, ¿acaso no cambia esencialmente la estructura de comunión en la relación interpersonal? ¿Acaso no cambia en la dimensión de esta estructura algo que hace del ser humano un objeto, en cierto modo concupiscible a los ojos? (No. 6  Audiencia General, junio 1980).

El P. Francisco previene sobre patologías frecuentes de este tiempo en la relación marital, que tiende a confundir el amor con la pasión egoísta, donde la mujer es tratada como “algo” y no como “alguien”. “El cuerpo del otro es con frecuencia manipulado, como una cosa que se retiene mientras brinda satisfacción y se desprecia cuando pierde atractivo. ¿Acaso se pueden ignorar o disimular las constantes formas de dominio, prepotencia, abuso, perversión y violencia sexual, que son producto de una desviación del significado de la sexualidad y que sepultan la dignidad de los demás y el llamado al amor debajo de una oscura búsqueda de sí mismo?” (Amoris Laetitia 153)

Los esposos que han descubierto este amor salvífico en su relación pueden más fácilmente superar los conflictos del día a día sin recurrir a la violencia. El P. Francisco comenta en este sentido: Los esposos que se aman y se pertenecen, hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores. En todo caso, guardan silencio para no dañar su imagen. Pero no es sólo un gesto externo, sino que brota de una actitud interna. (Amoris Laetitia 113).