Cada 8 de diciembre, la Iglesia celebra la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. Los orígenes de esta celebración, la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen, se remontan a los siglos VII y VIII en Oriente. Poco a poco fue penetrando en Occidente y extendiéndose por toda la Iglesia, hasta que el Papa Pío IX, un día como hoy de 1854, declaró dogma de fe que María, por un singular privilegio, fue preservada de toda mancha del pecado original.

Por eso hoy celebramos junto a toda la Iglesia, esta solemnidad tan hermosa, que nos recuerda cómo Dios se fija en la Virgen María, una joven sencilla, pobre y humilde de Nazaret. Dios le hace depositaria de una gracia muy grande, la hace merecedora de recibir en su seno a Jesús, al Mesías, aquél que viene a perdonar el pecado de su pueblo.

De esta solemnidad podemos tomar múltiples aspectos para nuestra reflexión personal.

Un documento reciente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe nos recuerda que: “El dogma de la Inmaculada Concepción destaca la primacía y unicidad de Cristo en la Redención, porque también la primera redimida es redimida por Cristo y transformada por el Espíritu, antes de cualquier posibilidad de una acción propia.