Por: Leoncio Noboa
Cuatro provincias conforman la región Enriquillo (Barahona, Pedernales, Bahoruco e Independencia). En su 50 aniversario (1976-2026), la diócesis de Barahona ha disfrutado del arduo trabajo de tres hombres consagrados que lo han dado todo a cambio de que las comunidades más pobres de la región alcancen a tener voz en su peregrinar en esta bendita tierra que el creador nos ha dado sin preguntarnos ni exigirnos nada.
Monseñor Fabio Rivas, Rafael Felipe Núñez y Andrés Napoleón Romero Cárdenas, los tres de la región del Cibao, han demostrado con su entrega total ser más sureños que muchos sureños y, valga la redundancia.
Hay que sacarle su plato aparte, definitivamente a Monseñor Rivas, quien inició casi de cero este gran peregrinar en una región cargada de una pobreza mental y con una dependencia casi total de las dádivas y un paternalismo enfermizo que, aunque todavía no lo superamos, se ha avanzado bastante. Las comunidades hacen sus propios proyectos y en algunos casos los hacen sostenibles.
Monseñor Rivas creó varios proyectos que ya son instituciones con bases firmes (UCATEBA, FUNDASUR, LEMBA, Centro diocesano en Cabral, Hogar de ancianos, entre otros).
Con la creación de la diócesis empezaron la ordenación de sacerdotes de la misma diócesis. Hoy contamos con más de 15 sacerdotes y, aunque algunos están dando su servicio en otros países, son de esta diócesis. Están los diáconos permanentes, que actualmente juegan un papel vital en las celebraciones eucarísticas y la catequesis misma. Hermanas religiosas que se han gastado en este caminar, y laicos que han dado su tiempo más valioso de su misma vida.
No podemos olvidar el gran aporte de los sacerdotes extranjeros, quienes se han sacrificado viniendo de sus países de origen a darlo todo por esta región.
Nuestra Iglesia diocesana está de fiesta. Han sido 50 años llenos de altas y bajas. Celebramos el jubileo, la alegría de este tiempo maravilloso al cual el Señor nos ha permitido llegar a través de lo que hemos hecho, estamos haciendo y seguiremos haciendo de cara a los nuevos tiempos en un pedazo de tierra llamado región Enriquillo, en la República Dominicana, y en la cual la tecnología se nos presenta como un gran reto para los años por venir.
Sin dejar de mencionar otros retos, la familia debería ser a la que la diócesis debe apuntar su mayor esfuerzo en los próximos años por venir. El deterioro de esta gran institución está cada día más a la vista.
Hasta ahora todos reconocemos la inversión de valores por la que actualmente la familia está pasando, pero ¿qué hacemos en realidad? Tenemos que pasar de las palabras a los hechos.
