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Solemnidad de Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés

La fiesta por excelencia del Espíritu Santo. Hoy, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, la Persona Divina que lleva a cabo su tarea santificadora de manera silenciosa y discreta, irrumpe con toda la fuerza de su poder para recordarnos que es Él quien impulsa y anima a la Iglesia.

La escena que nos presenta el Evangelio de San Juan no deja de ser paradójica. Nos encontramos en el anochecer del Domingo de Resurrección. Por las narraciones de los cuatro evangelistas, sabemos que aquel día fue frenético: idas y venidas desde el sepulcro, personas que aseguran haber visto al Señor, los de Emaús que van desolados y vuelven jubilosos, llantos, abrazos, estupor. Y, sobre todo, alegría, mucha alegría. Los testimonios —La Magdalena, Pedro, Cleofás— son suficientes para que los discípulos incrédulos al menos duden de su incredulidad.

El domingo pasado, la Sagrada Liturgia, nos hablaba de la Ascensión del Señor. Lo último que hizo Jesús antes de subir al cielo fue bendecirnos a todos, algo verdaderamente consolador, y que debe llenar nuestro corazón de alegría y de esperanza. Hoy se realiza lo que Jesús había anunciado a sus discípulos: la venida del Espíritu Santo. Su venida dio lugar al nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia. El Espíritu Santo en Pentecostés es la gran fiesta en la que la Virgen María y los Apóstoles reciben al Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

El Espíritu Consolador nos bendice y colma con sus dones y sus carismas. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, se narra que, en la primera comunidad de Jerusalén, educada por el Espíritu Santo, los creyentes acudían al templo asiduamente a las enseñanzas de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El Espíritu Divino, Maestro interior de la oración cristiana, educa a la Iglesia en la vida de la oración. Creer en el Espíritu Santo es profesar la fe en la tercera persona de la Santísima Trinidad que procede del Padre y del Hijo.

El Paráclito ha sido enviado a nuestros corazones a fin de que recibamos la nueva vida como hijos de Dios. ¿No saben, nos dice San Pablo, que sus cuerpos son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes? Han transcurrido cincuenta días desde la Resurrección de Jesucristo. El Señor glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que la Trinidad Santa queda plenamente revelada.

Toda la Iglesia se alegra en esta fiesta al recordar lo que significa el Espíritu Santo para nuestras comunidades, los aportes del Santo Espíritu de Dios a la misión y renovación de toda la comunidad eclesial. Es el Espíritu Santo el que mueve el accionar de la Iglesia y es el que sugiere toda obra buena.

Fuente: Guía Plan Pastoral mayo-2024